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número 2 - segundo semestre 1999

Hoy en día, el hombre está más ocupado en llegar antes a Marte que a sus semejantes.
José Saramago, Nobel de Literatura.

El canto de los pájaros, las olas del mar, el susurro del viento colándose por entre las ramas de los árboles, un perro que ladra, la voz de mi hija... como pueden ver, yo estoy más ocupada en llegar antes a mis semejantes que a Marte.
Mi más preciado sentido, el sentido del oído, lo perdí a la edad de ocho años a causa de un tratamiento erróneo de estreptomicina, que me causó una sordera profunda bilateral. A partir de este momento empezó un vía crucis, tanto para mí como para mis padres.
Tuve que soportar, a lo largo de mi infancia, una serie de engorrosas pruebas médicas y psicológicas. Contaban mis pulsaciones, me aplicaban electrodos en la cabeza y examinaban las reacciones que provocaba, me hacían un sinfín de audiometrías; pero la solución nunca llegaba. Me sentía como un raro ejemplar de conejo de indias.
No es fácil convertirse en filósofo tan joven, pero una y otra vez me prestaba con resignación a las dichosas pruebas, porque en el fondo tenía la esperanza de poder volver a oír.
Mis padres no consiguieron que su hija oyese, pero como la resignación era el único recurso que les quedaba, lo aceptaron. Aunque eso no significó quedarse parados. Su desafío fue la integración de su hija, cosa que consiguieron, tras superar obstáculos de toda clase, incluso por parte de la Administración. Hicieron lo que tenían que hacer y con mucho acierto: su hija estudió en un colegio de oyentes, aprendió a desenvolverse en la vida con ayuda de la lectura labial y nunca la trataron como si fuese diferente. Así pasaron veinticinco años.
Un día, una amiga me habló de un niño al que habían hecho un implante coclear y me animó a que me informara.
En la Seguridad Social me dijeron que no cubrían está operación (intervención e implante). Tras contactar con la Asociación de Implantados Cocleares de España (AICE) y conocer a varios implantados, me dirigí al Instituto de Otología Dr. García-Ibáñez.
Después de las pruebas pertinentes, el doctor García-Ibáñez me comunicó, la Nochebuena de 1998, que era óptima candidata a un implante coclear. Pero como mis medios económicos no me permitían el regreso al mundo del sonido, me informó también de la existencia de un Plan de Ayuda de la Fundación de Otología Dr. García?Ibáñez.
Rellené los formularios y los envié. Al cabo de unos meses recibí una llamada: la Fundación me costeaba el implante coclear. "Te cambiará la vida", fueron las proféticas palabras que utilizó el doctor García?Ibáñez. El 9 de febrero de 1999 fui implantada en la clínica San José de Barcelona y al cabo de un mes me colocaron el procesador. Hace siete meses que vuelvo a oír, y he de decir que el implante coclear es mi cordón umbilical con el mundo del sonido, al cual me he adaptado rápida y completamente, y ahora soy yo la que dice que no chillen, que bajen el volumen del televisor, que calle mi perro cuando ladra...
Efectivamente, mi vida ha cambiado, y para bien. Ahora subo los escalones que antes no podía, voy rompiendo barreras, hago cosas que antes no hacía y, sobre todo, tengo muchos planes para el futuro, todo gracias al implante coclear.
Por último, he de decir que la decisión de implantarme fue más de mi marido que mía, porque, al estar acostumbrada a vivir en el silencio, me lo tomaba más a la ligera, aunque en el fondo (eso sí, sin reconocerlo) tenía unas enormes ganas de oír.
Implantándome, no he perdido nada, sino que he ganado mucho; lo mínimo es para mí lo máximo.
María Carmuega Rivas

 

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