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número 6 - segundo semestre 2001
Discriminación
Soy una joven de 24 años con
una minusvalía auditiva del 33 por ciento y por este hecho
me he sentido, y me siento, discriminada.
Desde pequeña he procurado no vivir ajena al mundo que me
rodea. Siempre he asistido a colegios para oyentes y he conseguido
no sólo terminar mis estudios de COU, sino también
el cuarto año de piano y el cuarto de solfeo. Asimismo, he
estudiado informática, jardín de infancia y gestión
administrativa. Y por si fuera poco, soy autora de un libro titulado
Angélica, cuya reseña apareció publicada en
el número anterior de esta revista. Pero todo ello no es
suficiente para que la gente no me discrimine.
Primero fue en mi etapa escolar, donde los otros niños solían
llamarme sorda y me quitaban el audífono que utilizaba entonces
(desde hace cinco años llevo un implante coclear realizado
por el doctor García-Ibáñez).
La situación no fue muy distinta cuando empecé a estudiar
gestión administrativa, y eso que todos éramos adultos
y entre los alumnos había, incluso, madres de familia. En
el aula, las mesas estaban situadas en forma de U, y era curioso
ver cómo mis compañeros se apiñaban en el extremo
más alejado de donde yo estaba, como si sufriera de una enfermedad
contagiosa. No importa que sea alta, rubia y atractiva: soy sorda,
y hay que perder tiempo repitiéndome las cosas. La gente,
por supuesto, no está para esa labor.
La verdad es que aquellas personas me hicieron mucho daño,
hasta el punto de verme afectada por una fuerte depresión.
Mi tutora, sin que yo lo supiera, se puso en contacto con mi madre
porque no soportaba el comportamiento de los que se llamaban mis
compañeros, a los cuales no podía recriminar su conducta
por ser todos mayores de edad. Mi madre sufrió mucho con
esta situación, pero en ningún momento dejó
de animarme para que terminara mis estudios. Y no sólo fue
así, sino que los acabé con la segunda mejor nota
de una clase en la que sólo aprobó un cinco por ciento
de los alumnos. Aquella experiencia me permitió darme cuenta
de que soy fuerte y que puedo conseguir lo que quiero en esta vida,
incluyendo la igualdad.
Ahora llevo dos años buscando trabajo como administrativa,
pero aún no lo he conseguido. En todos los lugares me rechazan
a causa de mi sordera, alegando que necesitan que haga de telefonista.
Sin embargo, lo curioso del caso es que yo hablo por teléfono
perfectamente. Hoy trabajo como cajera en un supermercado y aunque
esto no es lo que quiero en mi vida, al menos me mantengo ocupada
hasta que encuentre algo mejor.
Por cierto, ¿han visto ustedes gente trabajando en grandes
almacenes con alguna minusvalía?
Diana Soto
Experiencia
Me llamo Pedro Joaquín Prades
y tengo 49 años. En los últimos tiempos, mi vida ha
sufrido grandes cambios. En muy pocos años, pasé de
una pérdida auditiva moderada a tener una pérdida
casi total. El mundo se me vino encima; perdí la ilusión
por la familia, el trabajo, los amigos y por la vida en general,
pues no poder comunicarte con nadie es muy duro.
Tras una larga andadura por consultas de especialistas, donde me
aconsejaban aprender a leer los labios como único recurso
y que no me hiciese un implante coclear porque sólo se oían
ruidos, quiso el azar que fuese a parar al Instituto de Otología
del doctor García-Ibáñez.
Después de practicarme un riguroso examen me dijo que era
un candidato óptimo para un implante coclear y la verdad
es que tuvo que emplearse a fondo para convencerme, pues yo tenía
muy mala opinión del implante y sus resultados. Una vez decidido
vino otro susto: el precio. No podía costearme una operación
así. Entonces, el doctor García-Ibáñez
me habló de la Fundación que preside. Rellenamos unos
formularios y al cabo de unos meses nos dijeron que la Fundación
se hacía cargo del coste del implante, aunque yo tendría
que aportar algo.
El 9 de diciembre de 1999 me operaron. El 17 de enero de 2000 me
pusieron la parte externa del implante. Después llegó
el milagro. En pocos meses pasé de no oír nada a poder
hablar con las personas de forma casi normal. Hoy, año y
medio después, cuando estoy en ambientes favorables, llego
a olvidarme de que soy sordo.
Mi vida ha dado un cambio radical. Sólo me gustaría
poder devolver un día a la Fundación todo lo que les
debo, que no es poco, pues gracias a ellos estoy llevando una vida
normal.
Pedro J. Prades Gil
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