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número 7- primer semestre 2003
La cultura de los
sordos
Con profundo asombro, leía no hace muchos días en
la prensa una información sobre una pareja de lesbianas sordomudas
norteamericanas y su decisión de traer al mundo un niño
que adoleciera de esta misma minusvalía. Para ello, la pareja
había recurrido al sistema de fecundación in vitro
utilizando un donante sordo congénito y además, con
antecedentes de sordera en al menos cinco generaciones. Como es
lógico, el caso ha despertado una gran polémica entre
los que consideran la postura de estas mujeres una auténtica
"aberración" y una enorme muestra de egoísmo,
y los que defienden la libertad de las personas a la hora de tomar
este tipo de decisiones.
Sin querer entrar en dicho debate, dado que no considero que éste
sea el lugar o el espacio para hacerlo, me gustaría en cambio
llamar la atención sobre otro aspecto de la cuestión.
Detrás de la decisión adoptada por estas mujeres se
encuentra el hecho de que ellas no viven su carencia auditiva como
una minusvalía, sino como un motivo de orgullo. Concretamente,
la noticia hablaba de una nueva generación de sordos que
no consideran que su condición sea una "desventaja"
sino una "seña de identidad cultural". Y bajo esa
lógica, este colectivo se opone a la utilización de
avances médicos tan significativos como el implante coclear,
puesto que consideran que estos recursos, que ofrecen a los sordos
profundos la posibilidad de oír, constituyen un auténtico
atentado contra
su cultura y su lenguaje (los signos).
Desde un punto de vista personal, y respetando siempre la libertad
de pensamiento que asiste a todas las personas, quisiera manifestar
mi desacuerdo con estos planteamientos. Dentro de mi familia existe
el caso de un niño sordo, receptor hace ya algún tiempo
de un implante coclear. Sin duda, para este pequeño el mundo
ha adquirido una nueva dimensión desde que ha comenzado a
percibir los primeros sonidos. Y aunque la decisión obviamente
no ha sido adoptada por el pequeño sino por sus padres, me
resulta muy difícil creer que el día de mañana,
cuando este niño sea ya un adulto, reproche a sus progenitores
el haberle abierto las puertas al mundo sonoro, dotándole
con ello de mejores herramientas para construir su futuro.
Pedro H. Molina, Madrid
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